23 dic. 2010

Se fue

Su voz se le rompió de pronto, como si fuera ahogarse, apretándose el pecho con ambas manos y dando largos suspiros, mientras sus ojos se le enrojecían al punto explotar,  grandes, bellos, murmurando con el poco aliento que le restaba: “Hayyy, mi Atena, por qué se fue, ella siempre estaba conmigo, me acompañaba cuando estaba sola… hayy hijo, qué pena siento”. Y mi garganta se hacía un nudo enorme al verla desgarrándose el polo, como si el corazón le doliera. “Ma… tranquila… no llores… má…”. Pero ella lloraba con la cabeza hundida mientras yo me hacía trizas por dentro, deseando dar la vida por una sonrisa suya y controlando a la vez mi pena, porque yo también la extrañaba. 

Hasta ahora me parece sentirla en las noches enjugarse las lágrimas y murmurar su nombre en el silencio de su sueño. Era su engreída, Su Perra. La belleza de su gordura y su mirada era un fiel reflejo del amor que se sentían. Ella entraba a su cuarto e inmediatamente lo hacía ella moviendo la cola; cerraban la puerta, introducidas en su mundo, en donde inventaban su propio idioma con el que se entendían y comprendían, una en la cama y la otra junto a ella, en el suelo, envueltas en la noche.

Pero ella un día se fue y se ausentó por siempre, dejando en el recuerdo y en el aire de nuestra casa sus alaridos, sus llantos, sus llamados. Sus dulces movimientos de cola al vaivén de su alegría. Sus ganas de comerse un pedazo de pan, una lambida de helado o un trozo de fruta, pero no plátano, sí, porque no te gusta, lo sabemos mi atenita, nuestra gorda y bella negra. Y dejó en su corazón una herida que poco a poco irá cicatrizando, sí má, porque ella está bien, ya no sufre y sabe que la quisimos mucho, sobre todo tú, su dueña, su má, y te cuidará por siempre, a un lado tuyo, echada panza arriba o panza abajo, atenta a tu llamado y siguiéndote a donde vayas, con esos ojitos negros que antes fueron lilas, y que desde arriba nos miran. Te miran.

“Aaaatena, ven a comer, mira las bolitas que te trajimos”. “Ummm. Guau… Guau….” Gordita. Mira como se engríe”.
Feliza Navidad Atena…
Junto a Aquiles



8 nov. 2010

El callejón


La joven caminaba con una lentitud de quien no tiene nada por hacer, mientras pensada. “Yo les dije, les dije que no debían hacer eso, pero ellos insistieron, ellos, pues, los hombres que trajeron sus animalitos que parecían de mentira, si no los hubiesen traído yo no los hubiese matado, y ahora nadie está”.  Por momentos sorprendía con brincos que alzaban su vestido negro, cayendo luego de puntitas, cuidándose de no pisar la línea de la vereda. Seguía avanzando y se cogía el cabello largo con suaves masajes, lo llevaba a su nariz y respiraba hasta inflar su pecho, como intentando desaparecer todo rastro de olor en su cabellera. 

“Bueno, todo ha terminado por ahora, ya hice lo que tenía hacer, esos tontos me pagaron por hacerlo, ¡pero qué idiotas!”, dijo Julio en tanto que daba largos pasos que simulaban a las de un corredor, levantando el rostro al cielo para que su voz ascendiera y causara revuelo entre los pájaros de un árbol. “Claro, que inteligente fui, no les dije que yo eso lo hago a diario, gratis, pero si es solo coger un cuchillo y pasarlo suave y matemáticamente (matemática, je) por el cuello. ¡Ohh, qué tontos!”, gritó y luego soltó una larga y desagradable carcajada que despertó a la propia noche.

Minutos antes había cumplido con su parte del trato, 50 soles por un cuello abierto en un par de segundos. Y ahora caminaba presuroso por la calle, de noche. “Debo llegar rápido a mi casa, mañana será otro día de cuellos y pan para comer, si no como, jjejeje”, pensaba. A lo lejos divisó a una muchacha que daba brincos, que encendieron sus ojos de un leve brillo y crearon en su boca un rictus sutilmente arqueado hacia arriba. Ella no lo había visto y cambió el rumbo hacia un callejón que se abría en medio de la calle, dando un saltito y cayendo de puntitas. Julio se detuvo y llevando su mano al mentón, deslizó sus dedos en un lento sube y baja a través de su barbilla lampiña, mientras sus ojos se dilataban y mostraban una rara expresión parecida a la ansiedad.

“Qué más da, qué puede suceder, hoy es una noche en la que me siento bien, con ganas. ¡jjajjaja, pero qué risa¡, cómo caminaba. Qué chica más extraña. Ahora que me vea…”, pensó y continuó avanzando, más rápido. Antes de voltear hacia el callejón, se agachó y llevó su brazo al suelo. Al ver que la joven se había detenido frente a una flor marchita, llevó rápidamente sus manos al bolsillo.

Ella aún no se había dado cuenta, envuelta en sus conversaciones con la flor. “Ya ves amiguita, tú eres como yo, somos bonitas pero marchitas, estamos solas, solas, je, ahora te llevaré conmigo y serás mi amiga, ahora que ellos ya se fueron, tú si me crees, no, claro, tú eres como yo”, decía mientras acariciaba los pétalos rojos.

De pronto, sintió en su hombro una mano que la apretó con sus largas uñas y al voltear se vio ante un hombre corpulento y alto de cabellera larga que la miraba fijamente al tiempo que abría la boca y levantaba el brazo hacia su rostro.

“Esto es tuyo, amiga, se te cayó antes de que voltearas… jajaj, qué rara eres… no deberías estar a estas horas en la calle, sobre todo con esos saltitos…”, le dijo. “Mi pajarito”, respondió para sí sola  apretujando esa cosita amarilla de alas contra su pecho. “Y tú quién eres, no serás de ellos, no… no, je, tú si me quieres, me has traído mi pajarito, a este si no lo maté porque era bueno, no como esos. Te voy a presentar a mi nueva amiga”, murmuró al oído de su pajarito.

“Oye, ven, ven conmigo, vamos, que hace mucho frío. Tienes hambre, en casa tengo una gallina recién cocinada, yo mismo la maté, es muy fácil, solo se le coge el cuello con algo de fuerza y listo, te va a gustar, debes estar hambrienta, luego ya veremos qué hacemos… pobre niña, y tantos hombres que pagan 50 soles por matar a un pollo, maldición”. Julio la cogió de la mano y los dos juntos salieron del callejón y caminaron por la vereda, mientras la joven le contaba que no quiso matar a esos animalitos que le trajeron como obsequio. Él la escuchaba.  “Jajja, yo te creo, además, ese pajarito se ve muy bonito, a mi esposa y a mis hijas también les va a gustar”. “Verdad que sí”.













17 sept. 2010

Lo que pasó en el bus

Mientras subía al autobús se sintió como parado dentro de una vitrina, a la vista de miradas escrutadoras, apresuró el paso en busca de un asiento y tras dar una revista rápida –a la derecha, un anciano barbudo emitía unos ronquidos mientras dormía; a la izquierda, unos ojos enormes y femeninos que lo desnudaban de pies a cabeza-, encontró un asiento vacío. 


Una joven muchacha levantó la vista y la bajó inmediatamente después de que los ojos de Carlos chocaran violentamente con los suyos. Ella volteó el rostro y aparentó contemplar el paisaje, mirando de soslayo cómo es que Carlos se paraba frente a ella y le decía: “Disculpe”, señalando con su dedo índice el asiento vacío. La joven, sin subir la mirada, movió maquinalmente cadera y piernas creando un espacio entre su cuerpo y el respaldar del asiento delantero, para que Carlos lograse pasar (Carlos creyó recordar –soltando un suspiro- una antigua sensación al rozar sus piernas desnudas, suaves, mientras ingresaba por aquel espacio).


El auto avanzaba por una larga autopista. Más allá no se divisaba más que la lontananza de un atardecer de fuego. En el cielo dorado bandadas de pájaros azules formaban perfectas figuras: un cuadrado, luego un triángulo, después una media luna. Una que otra por segundos se separaba del grupo y se reponía de inmediato (su compañera de al lado le quiñaba el ojo: vamos). A ambos lados de la autopista un valle se extendía plana, en ella animales se alimentaban hasta el hastío, levantando sus caras con la hierba cayendo de sus hocicos. Más allá el valle era resquebrajado por un río que se perdía entre las montañas cuyas coronas se ocultaban entre la niebla. De los árboles nacían cuchicheos de animales que trepaban y descendían a través de troncos y ramas.


Carlos se sentó y un pétalo carmesí, quien sabe de qué árbol, se echó contra la ventana y durante un buen rato no se despegó, atrayendo la mirada de la joven. Ella primero le echó un reojo, algo tímido, como quien quiere y no quiere voltear. Pero fue más su curiosidad que la impulsó a mover su cuello y cara, tan suavemente como una muñeca de jebe. Sus enormes ojos felinos y pardos parecían comerse la ventana, quietas, como si hubiesen adquirido cierta autonomía y viviesen, separados de su dueña (¿La Nariz de Gogol?). Era un maniquí. De pronto la joven levantó el brazo hacia el punto donde descansaba el pétalo, que ya comenzaba a desprenderse, pero fue cuando se percató de Carlos, quien no dejaba de mirarla sin que ella se dé cuenta.

Aquel encuentro de miradas fue tan incómodo que me da vergüenza relatar la reacción de ambos y su proceder en los siguientes minutos. Pero lo haré, ya sea por el bien de la narración, y porque, en realidad, es la esencia de esta historia.

Carlos contrajo un color enfermizo en su rostro. Sus mejillas eran dos manchas rojas que se expandían por su cuello. Él, sin embargo, la seguía mirando. Subía y bajaba la mirada. Se rascaba el pelo. Hacía todo menos quitarse de encima el estúpido gesto de mirarla sin atinar a decir absolutamente nada, un hola, que tal, ja, el pétalo, muy bonito… no, la miraba y lo peor de todo es que parecía desnudarla y ella, mira que sorpresa, tampoco decía nada y solo le daba un mohín ingenuo a su cara, agrandando más y más sus ojos, porque en el fondo algo crecía dentro de ella y subía por su cuello, pasaba por su nariz y salía por sus pupilas. Un violento movimiento del bus -¡gracias a Dios! diría un pasajero de lado- acabó con aquella escena, pues ambos recuperaron sus vidas y volvieron a su estado inicial de indiferencia, aunque ya no sería el mismo. Una semilla había sido plantada.

El auto seguía avanzando y ambos, Carlos y la mujer, jugaban a no mirarse. Algunos baches de la autopista, que presentaba superficies cada vez más desiguales, los hacía saltar como dos muñecos. Era una imagen graciosa. Iban de arriba abajo mientras se cuidaban de no voltear la mirada (“no vaya a ser que vea que lo estoy mirando,  y en esta situación, ay”). Cuando el auto comenzó a avanzar como un río limpio, sin rocas, ambos soltaron un suspiro que por poco se les sale el pecho. El rojo de sus mejillas fue desapareciendo como de escena a escena en una película. Sus pupilas parecían dos bolas de canicas que se movían de lado a lado, inquietas. Sus cuerpos se creían petrificados por el frío, aunque en ese momento 30° los bañaran en sudor. La tarde empezaba a esconderse por las montañas, con una sonrisa brillosa que chocaba con la ventana del autobús. El ambiente se oscurecía y asumía un color plomizo, más bien pardo, mientras del cielo bajaban gritos de aves que emigraban en sentido contrario. El rostro de Carlos era cubierto por la noche y la luz amarilla del auto y la mujer empezaba a bostezar. Llevó la mano a su boca abierta y cerró dos veces los ojos antes de dar un último reojo a su costado, hacia Carlos, para luego bajar la cabeza y dejarse atrapar entre los brazos de Morfeo.  Carlos esta vez no lo pensó dos veces. Era como un niño frente a una pintura o un regalo o un paisaje que siempre esperó ver y que ahora tenía al costado, y ahora al frente, frente a su vista, dormida, con el cuello retorcido hacia su lado, soltando un aire suave por las narices y la boca, un aroma que llegaba hasta sus narices estremeciendo su cuerpo y lo hacía ingresar también al mundo de Morfeo, junto a ella, con sus cabezas chocando.


El murmullo de los animales nocturnos era una canción para los niños que se divertían en la noche, luego de haber dormido gran parte de la tarde, en los asientos donde jugaban a estar en un bosque. Se habían perdido, según lo sugería el más pequeño, y ahora debían cruzar entre la enmarañada selva. “Tenemos que defendernos, coge ese palo, yo lo haré con mi escudo, ya”, dijo el otro. El silencio era sorprendido de rato en rato por el rugir de algún felino a lo lejos. Cuando eso sucedía, los niños daban un salto en el asiento (en el bosque) y avanzaban dando pasos altos y largos, lentos, con la espalda encorvada por el miedo. La luna pintaba un cielo negro celeste.

De pronto escucharon un sonido entre las hojas de un muro de plantas. Algo parecía moverse adentro, sin asomarse (adelante alguien se movía en su asiento). Los niños se pusieron en posición de alerta. Uno levantó el palo y el otro alzó el escudo, ambos imaginarios: “quién anda ahí”, dijo el más pequeño. Pero no recibió respuesta. Entonces escucharon una voz que los hizo saltar esta vez más alto de sus asientos: “hey, pequeños, a dormir, es suficiente por ahora, ya son las 3.30 de la madrugada”.


El cielo oscuro parecía un telón que lentamente era levantado por alguna mano dándole lugar a un blanco y a un brillo que subía tan suavemente como la resaca de una ola tras romper en la arena, transparente, al tiempo que las flores se despertaban desperezándose tras haber dormido la noche, acogiendo las primeras abejas obreras que van en busca del pan para comer. Los primeros rayos de sol dieron contra los rostros de Carlos y la mujer. Ambos abrieron los ojos achinadamente y grande fue la sorpresa cuando vieron rozar sus caras tan juntas que parecían una sola. Habían dormido apegados y con los brazos envueltos uno del otro.


En ese momento el autobús tuvo su primera parada y ambos bajaron. Los dos no volvieron a subir, pues era el destino que buscaban. Y nunca se volvieron a ver. O quizá sí. En estos días no sé qué creer.





2 jul. 2010

Cuidado con el loco



Frente al balón, el Loco Sebastián Abreu se alistaba a pegar el tiro penal que le daría la clasificación a Uruguay. En su extraña expresión parecía recordar los momentos previos a los penales. Habían pasado por un enloquecedor empate y, ahora, una misma locura podía darles la clasificación. Los ciento veinte minutos se leían en su frente.

A los cuarenta y siete minutos del primer tiempo, Ghana anota el primer gol. Los africanos jugaban mejor y Uruguay ponía garra. Los minutos pasaban, pero los celestes veían su sueño caerse de a pocos. Sin embargo, cuando Ghana ya veía el triunfo, a los cincuenta y cinco de segundo tiempo Diego Forlán empata con un tiro libre que la Jabulani se encarga de no fallar. Era el empate que no tranquilizaba a nadie y que, por el contrario, impuso una mayor fuerza y entrega en cada balón que se arrastraba por el gramado verde del estadio.

Así fue todo el partido, garra y entrega, una fuerza espiritual y mental de dos equipos que no merecían, en ese momento, quedar fuera del mundial en un encuentro de ciento veinte minutos. Pero al fútbol se le dio de nuevo por no creer en merecimientos. Ni en justicias. Tampoco en deseos. Por eso a los ciento diecinueve minutos postreros un enmarañado grupo de jugadores comienzan a saltar en el área, tras un balón que llega de la esquina como centro. Uno cabecea y despeja, el otro la coge y la revienta contra el arco y justo cuando iba a entrar el otro se encarga de despejarla hacia el medio en donde otro más la recibe con un crismazo que hace que el balón no tenga otro destino que la red uruguaya si no fuera por la mano de un defensa que revienta el balón y termina por acabar con aquel cuadro de figuras alborotadas. Pero era penal y él se tenía que ir. Y Uruguay lloraba.

Pero quien lloró al final fue Ghana, pues  Asamoah Gyan mandó la redonda hacia el travesaño posterior del arco que desvió el balón directo al cielo y al olvido junto con los sueños de cada uno de los ghaneses que no acaban de entender que había sucedido. Qué carajos había sucedido.

Y ahora, luego de fallar Ghana un penal y Uruguay otro y Ghana nuevamente otro y de completar esta locura, el Loco Abreu parecía pensar en todo, con el balón a dos metros de sus pies y con él pensamiento de que en sus chimpunes se sentenciaría una clasificación histórica y con esa locura unida a su locura llegó hasta la quieta redonda, pensando en el gol del empate, en la mano bendita, en el otro penal fallado, en su pequeño país de tres millones y medio de habitantes y en el arquero africano a quien tenía pensado bautizar con su locura, pues ahora él pateaba el balón y el guardameta volaba hacia el lado derecho viendo de reojo y con el ojo extasiado y desorbitado como la redonda flotaba en el aire, derechito, ni para la izquierda ni la derecha, suave y bella, hasta caer lentamente dentro del arco y desbordar un país que después de cuarenta años vuelve a pasar a semifinales.

20 jun. 2010

El golpe del bigote




Cuenta el mito que un pequeño clown, de unos ciento sesenta y cinco metros de estatura, estuvo a punto de “matar” al más terrible dictador que dio la historia. Su nombre es Charlot el “vagabundo” y es quien no soportó que Hitler, el alemán más despreciado de la historia, le robara parte de su identidad: el famoso bigote trapezoidal.

No es que hubiese podido matar verdaderamente a Hitler, por eso las importantes comillas. Lo que hizo fue rasgar la parte más sensible de su humanidad hasta ensangrentarlo profundamente. Para eso, usó el más efectivo y contundente de todas las herramientas: la sátira, que hiere de “muerte” a cualquiera al dejar por los suelos su imagen, ese terror y poder que Hitler se esforzó por construir. Con Charlot, o más precisamente con El Dictador, la película,  Hitler aparece ante los ojos del mundo como un ser débil, gracioso, torpe.


Hitler se había metido con el hombre equivocado.


Pero primero hablemos de cómo se originó este encuentro y como se le ocurrió a Hitler dejarse ese bigote estilo Charlot  que Chaplin había creado exclusivamente para su más grande personaje. Como se le ocurrió a Hitler, además, sabiendo que Chaplin era hijo de una mujer de origen judío y un confesado humanista, es decir, de pensamientos humanistas (sobre la sociedad y la economía) al margen de los reproches que se le puedan hacer a su vida personal, amorosa.


Simple: Hitler aprovechó la oportunidad. Charlot se había convertido en el más atractivo y querido personaje universal. Con Charlot no había distinción social, racial ni económica. Todos reían y disfrutaban con sus gags de clown en El Circo, El Pibe, Luces de la Ciudad, entre otras. Ese bigote característico era uno de los elementos que identificaba más a Charlot y Hitler, inteligente, astuto, no desaprovechó la ocasión de ganarse a la gente imitando ese bigote tan famoso que hizo que, si fuera poco, se convirtiera en la viva imagen física de Charlot. Faltaba más.


Pero cometió un gran error al meterse con su bigote.


Charles Spencer Chaplin, pantomimo hijo de actores de teatro, con la sangre de payaso corriendo por sus venas, caviló mil veces la forma de castigar la osadía de Hitler y no pudo haber encontrado la mejor forma que aleccionarlo con la película El gran dictador, donde aparece un dictador torpe, gracioso, algunas veces tierno e inofensivo, alguien que causaba más risa que miedo. Fue un golpe de nocaut.


Videos:


Pero bueno, esta también es una de las razones con algo de mito del porqué Chaplin creó esta Película.


Recomendable: Leer el libro “Charles Chaplin” de André  Bazin, quien habla, entre otras cosas,  sobre este tema.






10 jun. 2010

La cita

Ese sábado en la mañana el señor Raúl llegó a las 6 de la noche, sacó la llave de su bolsillo y miró de soslayo a cada lado, esperando sorprender a algún vecino curioso, al no asomarse nadie volvió su mirada e introdujo la llave en el cerrojo, le dio 2 vueltas a la  izquierda y 1 a la derecha, lentamente entreabrió el portal, dio cinco pasos adelante y se echó en un sillón. Quieto como una estatua en cementerio, se quedó pensando en la razón por la que iba a dormir a esa hora, si hasta ayer lo hacía a las 10, incluso a las 11 de noche, luego de entretenerse viendo programas de televisión, tomarse una taza de té y escuchar discos de rock en su cama, tapado hasta el cuello. Hasta que de un momento a otro lo supo, claro, como pudo olvidarse: mañana tenía una cita con la muerte y no podía volver a dejarla plantada.

20 may. 2010

Breve

Ingresó a la biblioteca con los ojos cansados, con una pila de papeles escritos y con sueño se sentó en la primera fila de asientos. El ambiente olía a libros. Las paredes lo miraban como observando el tiempo en el que ya no estaban. Lo vigilaban. Debían estar ahí para eso, para cerciorarse de que valió la pena su existencia. Él lo sabía, y de tanto en tanto les clavaba los ojos, quietos, como intentando darles vida y llamarlos para que lo acompañaran a conversar. Un libro amarillento y viejo provocó un leve sonido al chocar con la mesa. El olor del mamotreto de inmediato le originó una serie sensaciones inexplicables y pensamientos e imágenes fugaces que lo hicieron irse de la realidad por un momento. Recordó al Quijote. También a Sancho. Pero Sancho lo despertó y entonces abrió el libro,  tercera página, y lentamente fue sumergiéndose en las palabras y en las historias de una lima colonial, de carruajes, caballos, de hombres en frac y mujeres tapadas y coquetas, esas de los pies y manos pequeñas, esas bellas jovencitas hogareñas de balcón. En la página cinco sus ojos se revelaron y se cerraron. Entonces, cansado, decidió levantarse. Pero de pronto una mujer se le acercó, una mujer con media cara lo tomó de la mano y lo hizo subir a un carruaje que se detuvo en medio de la ancha vereda de piedras. Él al principio no entendió, pero encantado y asombrado con las casonas y el cielo celeste y puro y los niños saltando sin miedo y las bellas mujeres que danzaban por las calles, se dejó llevar por una realidad a la que no sabía si pertenecía. Eso no importaba. 

7 may. 2010

Tarde




Sergio se acercó al escritorio, encendió la lámpara (una luz amarilla alumbró su rostro y la mesa con un grupo de papeles encima) y su vista se dirigió a un sobre blanco. En medio de ella, en letras grandes decía: “Para Sergio”. Sergio abrió lentamente la carta, mientras su rostro iba formando ciertos rasgos de sorpresa. Ya abierta y estirada, pudo ver, esta vez en letras pequeñas: “Melisa”.  ¡Melisa!”, pensó. Entonces, con los ojos a punto de estallar, comenzó a leer:


Viernes, 17 de octubre de 2008.

Sergio, quiero que sepas algo que de repente nunca te lo he dicho con palabras. Tú ya debes saberlo, siempre me he esforzado por hacértelo notar. Pero, ya sabes, no siempre ocurre así. Así es que te lo voy a decir directamente, para que quede completamente claro. Desde el primer día en que nos conocimos, esa noche cuando me encontraste llorando, supe que serías el amor de mi vida. Y así fue. Pasaron días, semanas, meses. Durante todo ese tiempo aprendí -no, no aprendí, el amor no se aprende-, sentí un amor, un sentimiento extraño, como si siempre hubieses estado conmigo, como si te conociera de tiempo, como si nuestro amor fuera inevitable. Sé, y estoy segura de eso, que con el tiempo o sin él te amo y siempre te amaré, no te olvides de eso, por favor.

(“sí, claro,  yo también te amo, y siento lo mismo, sí,  y no sabes la sorpresa que te tengo, serás la mujer más feliz del mundo, te lo prometo”).

Ahora, mientras escribo estas palabras, me acuerdo del primer día que me dijiste que me amabas. Estabas muy nervioso y yo muy triste, pero cuando te vi así, tímido, me sacaste una sonrisa entre tanta pena. Y así fue siempre, siempre tratando de hacerme sonreír, de alegrarme la vida. Ay, Sergio, este dolor en el pecho, de nuevo.

(“Claro, como me voy a olvidar, mi amor.  Pero qué pasa, amor, estás triste de nuevo…”)

Este dolor en el pecho no me deja en paz. Trato de olvidar, de seguir, pero cuando menos lo espero esta realidad. Este cuarto, estas paredes, esta miseria, este futuro sin sentido junto a mis padres. Ya no los resisto más, mi padre me ha dicho que me odia, me lo ha dicho una vez más  y he sentido verdaderamente ese odio y ella, esa mujer que vino a reemplazar a mi madre recién fallecida,  me trata como una cualquiera, me sigue insultando, me humilla, y mi padre que la defiende. Estoy sola, Sergio, sola, y lo peor de todo es que no puedo escaparme. A donde irme, amor, a donde, tú con las justas puedes vivir con tu trabajo.  ¿Por qué la vida debe ser así, Sergio?

(“Mañana, amor, mañana, todo será diferente… si supieras, Melisa, he conseguido un nuevo trabajo, por fin te podré llevar conmigo a donde podamos estar juntos y felices, lejos, muy lejos”)

Por qué de esta forma, por qué no dejo de sufrir. Ya no sé qué hacer. Son muchos años llorando, lamentándome sin poder hacer nada, sin poder conseguir algo que me aleje de tanto daño, de tanta pena. Desde el día en que te conocí intenté, y tú lo sabes, levantarme, disfrutar, salir a delante, pero no puedo. Me siento derrotada, los únicos momentos en las que puedo decir que soy feliz, son las pocas horas que nos podemos ver. He comenzado a pensar que no tiene sentido vivir, de qué vale, mi amor, si sólo sufrimos, lloramos sin ninguna oportunidad de ser feliz.

(“¿? Cómo, no digas eso…”)

Sergio, pero tú no tienes la culpa. Te agradezco todo el amor que me has dado, todo tu cariño. Recuerda que siempre te amé y que siempre te amaré. Ya no resisto más, ya no quiero seguir sufriendo, y tampoco te quiero hacer sufrir a ti. Sólo quiero hacerte saber que…

Sergio tiró la carta y salió apresurado de su cuarto. Había comenzado a llover. Cada paso daba lugar a uno más largo, los cuales levantaban pequeñas gotas de agua del suelo. El corazón angustiado, las manos tensas, las lágrimas que desaparecían con la lluvia, su rostro bañado y todo cuerpo corría desesperado en medio la noche. Se paró en medio de una pista y detuvo un taxi, se subió a él y pidió que lo llevara de inmediato hasta la calle Los verdes, en Villa Rosa, a la altura de la avenida San Agustín. Se subió y no dejó de pensar en lo idiota que había sido, porque hubiese ido hoy mismo a decirle todo lo que le iba a decir mañana, un mañana en el que ella ya no estaría, pues ahora mismo ella o estaba muerta o estaba a punto de irse muy lejos, más lejos de lo que él tenía planeado, un lugar a donde él seguramente también iría con la inseguridad de poder encontrarla. Por eso comenzó a rezar y a pedirle a Dios con las manos juntas que no se la llevara, que no la dejara acabar con su vida, que hiciera el imposible milagro de hacerla ver que él había conseguido un gran trabajo en un lugar apacible y que podría alquilar por un tiempo una casita, y que se la llevaría consigo pues ahora ganaría muy bien y podrían estar más tiempo juntos.

Bajó del taxi, corrió hasta la puerta, la tumbó de una patada y ya dentro no vio a nadie. Ninguna luz estaba encendida. La noche absoluta se había apoderado de la casa. De inmediato se dirigió al cuarto de Melisa, volvió a tumbar la puerta y la encontró, sentada, mirándolo fijamente, con los brazos extendidos a cada lado. Sergio fue hace ella, la apretujó con fuerza y comenzó a contarle todo lo que tenía planeado. Una inmensa tranquilidad inundaba su pecho. El milagro se había cumplido. Lo imposible era posible. El amor era más grande que la tristeza y Sergio por eso abrazó con más fuerza el cuerpo inmóvil de Melisa. Pero entonces vio que de sus dos muñecas comenzaron a surgir chorros de sangre que no dejaban de salir y de inundar el piso de su cuarto. Sergio retrocedió, cogió el rostro de Melisa y vio al fin la faz de alguien que ya no pertenecía a la vida. A una lágrima le siguió un grito ahogado. Luego de abrazar y sostener su cuerpo, Sergio cogió el mismo cuchillo con el que Melisa se había cortado, la levantó y la clavó con todo la irá de quien sufre una pérdida y con un miedo que lo hizo cerrar los ojos y dar un último grito de vida y frustración. Y fue justo cuando se despertó, sudado, agitado, en su cuarto. Era de noche y Sergio pensó que todo había sido una horrible pesadilla. Quiso levantarse, pero antes sintió un papel junto a su almohada, la cogió, la abrió, la estiró y vio las mismas palabras: Melisa… Sergio, quiero que sepas… Y entonces un mayor dolor renació en su cuerpo, en su cabeza, y quiso levantarse de nuevo, pero sus piernas no le respondían y entonces supo que todo ya había sucedido, que él llegó tarde, que lo hubiese dicho antes, y entonces dio un nuevo grito, cerrando los ojos, y esta vez apareció de nuevo en su cuarto, echado, con la misma almohada y el mismo sudor, pero ya no había carta.

Sergio se levantó y entonces hizo lo que debía hacer, ella lo esperaba.












CESAR VALLEJO, EL POETA DE LA TERNURA

Hermano en el Dolor y la Belleza, hermano en Dios: hay en tu espíritu la chispa de los elegidos. Eres un gran artista, un hombre sincero y bueno, un niño lleno de dolor, de tristeza, de inquietud, de sombra y esperanza. Tú podrás sufrir todos los dolores del mundo, herirán tus carnes los caninos de la envidia, te asaltarán los dardos de la incomprensión; verás, quizás, desvanecerse tus sueños, podrán los hombres no creer en ti; serán capaces de no arrodillarse a tu paso los esclavos; pero, sin embargo, tu espíritu, donde anida la chispa de Dios, será inmortal, fecundará otras almas y vivirá radiante en la gloria, por los siglos de los siglos. Amén. (Extracto del texto de valdelomar dedicadoa a Vallejo).

Muestra de una gran amistad y admiracion mutua, tras la muerte de Valdelomar Cesar vellejo escribe lo siguiente:

ABRAHAM VALDELOMAR HA MUERTO...

"Abraham Valdelomar ha muerto", dice la pizarra de un diario.

A las cuatro de la tarde he leído esats líneas incomprensibles, y hassta este momento no quieren quedarse en mi corazón. Gastón Roger también me lo ha dicho y tampoco me resigno a aceptar semejante noticia. Llorando, sin embargo, atravieso el jirón por donde caminé tantas veces con Abraham, y sobrecogido de angustia y desesperación llego a mi casa y me echo a escribir precipitadamente y como loco estas líneas.

Abraham Valdelomar ha muerto. A esta hora vuela la noticia. ¿Pero es posible? !Oh, esto es horrible!

"Hermano en el Dolor y en la Belleza, hermano en Dios (...). Volverás para realizar todos tus sueños de amor, de belleza y de bondad en la vida, y porque tienes y has recogido en tus últimas romerías muchos dolores de la tierra que vas a inmortalizar por obra y gracia de tu corazón inmenso creador y artista genial. Por eso volverás, hermano, grande amigo".

(...)

¿Pero qué pasa? ¿Estoy llorando? ¿Por qué se me aprieta el pecho? Ah, detestable pizarra noticiera.

(...)

(Estractos del texto de Vallejo publicado en La Prensa, 1919)

Un joven Vallejo de 26 años y Abraham Valdelomar, de 30, se dirigen al Parque de la Exposición. Vallejo entrevista a Valdelomar. En las páginas de La Reforma de Trujillo, ésta aparece en prosa, una clase magistral:


CON EL CONDE DE LEMOS

Salimos de las oficinas de redaccion de Mundo Limeño. En el eléctrico a los parques de la Exposición.

Vamos a la orilla de verdes alamedas. El Conde sentado a mi lado, me conversa envolviendo su frase en un gris confidente y desvaído.

-Ya ve usted -me dice-, hay tantas gentes imbésiles. Yo tengo que huir de tantas...

Y sorprendiendo numerosos ojos que absortamente nos observan, agrega, como si fuera a escapar de una mazmorra oscura:

-Hoy leeremos algunos capítulos de mi libro sobre Belmonte.

Yo, después, persiguiendo todas las líneas de un raro temperamento, le inquiero sobre su viaje al norte; le digo que esa gira será fecunda; que en especial podría aprovecharla en suscitar, rudimentariamente siquiera, el criterio artístico en esos pueblos por medio de numerosas conferencias.

En el paseo Colón, al bajar de nuevo, hay curiosos que nos atisban y cuchichean.

El Conde se lleva olímpicamente sus enormes quevedos a sus ojeras, que recientes "cuidados pequeños" subieron de tono. Y luego reanuda la charla:

-Vaya usted a ver cómo todo el mundo los admira. !Ah! !Esto es horrible!

Valdelomar al hablar así se refiere a los seudo-literatos; a esos que por su dinero o posición se creen capacitados para hacer un soneto o publicar un libro. Acalorado y derramando piedad para éstos en el desdén dannunciano de una pose trágica, me cuenta sus luchas con los prejuicios, con la obesidad ambiente, con las vacías testas "consagradas".

Descubiertas nuestras frentes al aliento de la tarde, el autor de El caballero Carmelo se pone a leer y yo escucho con íntima fruición los primeros trozos del próximo libro que, tomando al Fenómeno como pretexto, será una de las obras más serias y más robustas de Valdelomar. Una explicación originalísima de la ley del ritmo universal, valiendose de un pasaje pitagórico y una disecación luminosa del mito romántico del Genio sobre la base de la naturaleza orquestónica del ritmo.

-!Estupendo, Conde! !Soberbio!

Y el sonríe y yo lo emplazo. -Es necesario que usted dé a los periódicos esto antes de la edición...

Y siempre afilando un gesto de tedio en las comisuras de sus labios pálidos, me responde:

-!Pero si no comprenden!...

Una pausa dolorida. Los autos y los coches y las gentes, toda la grosera grita urbana llega a rasguñar el hábito sentimental de un orgullo desolado.

Entre el humo de un cigarrillo los boscajes se secan al crepúsculo amarillo; y el día estival se vuelca en el espacio infinito, como una hornada fantasmagórica y sangrienta... (continúa)

(Extracto de la entrevista publicada en La Reforma, Trujillo, en 1918)