20 may. 2010

Breve

Ingresó a la biblioteca con los ojos cansados, con una pila de papeles escritos y con sueño se sentó en la primera fila de asientos. El ambiente olía a libros. Las paredes lo miraban como observando el tiempo en el que ya no estaban. Lo vigilaban. Debían estar ahí para eso, para cerciorarse de que valió la pena su existencia. Él lo sabía, y de tanto en tanto les clavaba los ojos, quietos, como intentando darles vida y llamarlos para que lo acompañaran a conversar. Un libro amarillento y viejo provocó un leve sonido al chocar con la mesa. El olor del mamotreto de inmediato le originó una serie sensaciones inexplicables y pensamientos e imágenes fugaces que lo hicieron irse de la realidad por un momento. Recordó al Quijote. También a Sancho. Pero Sancho lo despertó y entonces abrió el libro,  tercera página, y lentamente fue sumergiéndose en las palabras y en las historias de una lima colonial, de carruajes, caballos, de hombres en frac y mujeres tapadas y coquetas, esas de los pies y manos pequeñas, esas bellas jovencitas hogareñas de balcón. En la página cinco sus ojos se revelaron y se cerraron. Entonces, cansado, decidió levantarse. Pero de pronto una mujer se le acercó, una mujer con media cara lo tomó de la mano y lo hizo subir a un carruaje que se detuvo en medio de la ancha vereda de piedras. Él al principio no entendió, pero encantado y asombrado con las casonas y el cielo celeste y puro y los niños saltando sin miedo y las bellas mujeres que danzaban por las calles, se dejó llevar por una realidad a la que no sabía si pertenecía. Eso no importaba. 

7 may. 2010

Tarde




Sergio se acercó al escritorio, encendió la lámpara (una luz amarilla alumbró su rostro y la mesa con un grupo de papeles encima) y su vista se dirigió a un sobre blanco. En medio de ella, en letras grandes decía: “Para Sergio”. Sergio abrió lentamente la carta, mientras su rostro iba formando ciertos rasgos de sorpresa. Ya abierta y estirada, pudo ver, esta vez en letras pequeñas: “Melisa”.  ¡Melisa!”, pensó. Entonces, con los ojos a punto de estallar, comenzó a leer:


Viernes, 17 de octubre de 2008.

Sergio, quiero que sepas algo que de repente nunca te lo he dicho con palabras. Tú ya debes saberlo, siempre me he esforzado por hacértelo notar. Pero, ya sabes, no siempre ocurre así. Así es que te lo voy a decir directamente, para que quede completamente claro. Desde el primer día en que nos conocimos, esa noche cuando me encontraste llorando, supe que serías el amor de mi vida. Y así fue. Pasaron días, semanas, meses. Durante todo ese tiempo aprendí -no, no aprendí, el amor no se aprende-, sentí un amor, un sentimiento extraño, como si siempre hubieses estado conmigo, como si te conociera de tiempo, como si nuestro amor fuera inevitable. Sé, y estoy segura de eso, que con el tiempo o sin él te amo y siempre te amaré, no te olvides de eso, por favor.

(“sí, claro,  yo también te amo, y siento lo mismo, sí,  y no sabes la sorpresa que te tengo, serás la mujer más feliz del mundo, te lo prometo”).

Ahora, mientras escribo estas palabras, me acuerdo del primer día que me dijiste que me amabas. Estabas muy nervioso y yo muy triste, pero cuando te vi así, tímido, me sacaste una sonrisa entre tanta pena. Y así fue siempre, siempre tratando de hacerme sonreír, de alegrarme la vida. Ay, Sergio, este dolor en el pecho, de nuevo.

(“Claro, como me voy a olvidar, mi amor.  Pero qué pasa, amor, estás triste de nuevo…”)

Este dolor en el pecho no me deja en paz. Trato de olvidar, de seguir, pero cuando menos lo espero esta realidad. Este cuarto, estas paredes, esta miseria, este futuro sin sentido junto a mis padres. Ya no los resisto más, mi padre me ha dicho que me odia, me lo ha dicho una vez más  y he sentido verdaderamente ese odio y ella, esa mujer que vino a reemplazar a mi madre recién fallecida,  me trata como una cualquiera, me sigue insultando, me humilla, y mi padre que la defiende. Estoy sola, Sergio, sola, y lo peor de todo es que no puedo escaparme. A donde irme, amor, a donde, tú con las justas puedes vivir con tu trabajo.  ¿Por qué la vida debe ser así, Sergio?

(“Mañana, amor, mañana, todo será diferente… si supieras, Melisa, he conseguido un nuevo trabajo, por fin te podré llevar conmigo a donde podamos estar juntos y felices, lejos, muy lejos”)

Por qué de esta forma, por qué no dejo de sufrir. Ya no sé qué hacer. Son muchos años llorando, lamentándome sin poder hacer nada, sin poder conseguir algo que me aleje de tanto daño, de tanta pena. Desde el día en que te conocí intenté, y tú lo sabes, levantarme, disfrutar, salir a delante, pero no puedo. Me siento derrotada, los únicos momentos en las que puedo decir que soy feliz, son las pocas horas que nos podemos ver. He comenzado a pensar que no tiene sentido vivir, de qué vale, mi amor, si sólo sufrimos, lloramos sin ninguna oportunidad de ser feliz.

(“¿? Cómo, no digas eso…”)

Sergio, pero tú no tienes la culpa. Te agradezco todo el amor que me has dado, todo tu cariño. Recuerda que siempre te amé y que siempre te amaré. Ya no resisto más, ya no quiero seguir sufriendo, y tampoco te quiero hacer sufrir a ti. Sólo quiero hacerte saber que…

Sergio tiró la carta y salió apresurado de su cuarto. Había comenzado a llover. Cada paso daba lugar a uno más largo, los cuales levantaban pequeñas gotas de agua del suelo. El corazón angustiado, las manos tensas, las lágrimas que desaparecían con la lluvia, su rostro bañado y todo cuerpo corría desesperado en medio la noche. Se paró en medio de una pista y detuvo un taxi, se subió a él y pidió que lo llevara de inmediato hasta la calle Los verdes, en Villa Rosa, a la altura de la avenida San Agustín. Se subió y no dejó de pensar en lo idiota que había sido, porque hubiese ido hoy mismo a decirle todo lo que le iba a decir mañana, un mañana en el que ella ya no estaría, pues ahora mismo ella o estaba muerta o estaba a punto de irse muy lejos, más lejos de lo que él tenía planeado, un lugar a donde él seguramente también iría con la inseguridad de poder encontrarla. Por eso comenzó a rezar y a pedirle a Dios con las manos juntas que no se la llevara, que no la dejara acabar con su vida, que hiciera el imposible milagro de hacerla ver que él había conseguido un gran trabajo en un lugar apacible y que podría alquilar por un tiempo una casita, y que se la llevaría consigo pues ahora ganaría muy bien y podrían estar más tiempo juntos.

Bajó del taxi, corrió hasta la puerta, la tumbó de una patada y ya dentro no vio a nadie. Ninguna luz estaba encendida. La noche absoluta se había apoderado de la casa. De inmediato se dirigió al cuarto de Melisa, volvió a tumbar la puerta y la encontró, sentada, mirándolo fijamente, con los brazos extendidos a cada lado. Sergio fue hace ella, la apretujó con fuerza y comenzó a contarle todo lo que tenía planeado. Una inmensa tranquilidad inundaba su pecho. El milagro se había cumplido. Lo imposible era posible. El amor era más grande que la tristeza y Sergio por eso abrazó con más fuerza el cuerpo inmóvil de Melisa. Pero entonces vio que de sus dos muñecas comenzaron a surgir chorros de sangre que no dejaban de salir y de inundar el piso de su cuarto. Sergio retrocedió, cogió el rostro de Melisa y vio al fin la faz de alguien que ya no pertenecía a la vida. A una lágrima le siguió un grito ahogado. Luego de abrazar y sostener su cuerpo, Sergio cogió el mismo cuchillo con el que Melisa se había cortado, la levantó y la clavó con todo la irá de quien sufre una pérdida y con un miedo que lo hizo cerrar los ojos y dar un último grito de vida y frustración. Y fue justo cuando se despertó, sudado, agitado, en su cuarto. Era de noche y Sergio pensó que todo había sido una horrible pesadilla. Quiso levantarse, pero antes sintió un papel junto a su almohada, la cogió, la abrió, la estiró y vio las mismas palabras: Melisa… Sergio, quiero que sepas… Y entonces un mayor dolor renació en su cuerpo, en su cabeza, y quiso levantarse de nuevo, pero sus piernas no le respondían y entonces supo que todo ya había sucedido, que él llegó tarde, que lo hubiese dicho antes, y entonces dio un nuevo grito, cerrando los ojos, y esta vez apareció de nuevo en su cuarto, echado, con la misma almohada y el mismo sudor, pero ya no había carta.

Sergio se levantó y entonces hizo lo que debía hacer, ella lo esperaba.