2 jul. 2010

Cuidado con el loco



Frente al balón, el Loco Sebastián Abreu se alistaba a pegar el tiro penal que le daría la clasificación a Uruguay. En su extraña expresión parecía recordar los momentos previos a los penales. Habían pasado por un enloquecedor empate y, ahora, una misma locura podía darles la clasificación. Los ciento veinte minutos se leían en su frente.

A los cuarenta y siete minutos del primer tiempo, Ghana anota el primer gol. Los africanos jugaban mejor y Uruguay ponía garra. Los minutos pasaban, pero los celestes veían su sueño caerse de a pocos. Sin embargo, cuando Ghana ya veía el triunfo, a los cincuenta y cinco de segundo tiempo Diego Forlán empata con un tiro libre que la Jabulani se encarga de no fallar. Era el empate que no tranquilizaba a nadie y que, por el contrario, impuso una mayor fuerza y entrega en cada balón que se arrastraba por el gramado verde del estadio.

Así fue todo el partido, garra y entrega, una fuerza espiritual y mental de dos equipos que no merecían, en ese momento, quedar fuera del mundial en un encuentro de ciento veinte minutos. Pero al fútbol se le dio de nuevo por no creer en merecimientos. Ni en justicias. Tampoco en deseos. Por eso a los ciento diecinueve minutos postreros un enmarañado grupo de jugadores comienzan a saltar en el área, tras un balón que llega de la esquina como centro. Uno cabecea y despeja, el otro la coge y la revienta contra el arco y justo cuando iba a entrar el otro se encarga de despejarla hacia el medio en donde otro más la recibe con un crismazo que hace que el balón no tenga otro destino que la red uruguaya si no fuera por la mano de un defensa que revienta el balón y termina por acabar con aquel cuadro de figuras alborotadas. Pero era penal y él se tenía que ir. Y Uruguay lloraba.

Pero quien lloró al final fue Ghana, pues  Asamoah Gyan mandó la redonda hacia el travesaño posterior del arco que desvió el balón directo al cielo y al olvido junto con los sueños de cada uno de los ghaneses que no acaban de entender que había sucedido. Qué carajos había sucedido.

Y ahora, luego de fallar Ghana un penal y Uruguay otro y Ghana nuevamente otro y de completar esta locura, el Loco Abreu parecía pensar en todo, con el balón a dos metros de sus pies y con él pensamiento de que en sus chimpunes se sentenciaría una clasificación histórica y con esa locura unida a su locura llegó hasta la quieta redonda, pensando en el gol del empate, en la mano bendita, en el otro penal fallado, en su pequeño país de tres millones y medio de habitantes y en el arquero africano a quien tenía pensado bautizar con su locura, pues ahora él pateaba el balón y el guardameta volaba hacia el lado derecho viendo de reojo y con el ojo extasiado y desorbitado como la redonda flotaba en el aire, derechito, ni para la izquierda ni la derecha, suave y bella, hasta caer lentamente dentro del arco y desbordar un país que después de cuarenta años vuelve a pasar a semifinales.