20 jun 2010

El golpe del bigote




Cuenta el mito que un pequeño clown, de unos ciento sesenta y cinco metros de estatura, estuvo a punto de “matar” al más terrible dictador que dio la historia. Su nombre es Charlot el “vagabundo” y es quien no soportó que Hitler, el alemán más despreciado de la historia, le robara parte de su identidad: el famoso bigote trapezoidal.

No es que hubiese podido matar verdaderamente a Hitler, por eso las importantes comillas. Lo que hizo fue rasgar la parte más sensible de su humanidad hasta ensangrentarlo profundamente. Para eso, usó el más efectivo y contundente de todas las herramientas: la sátira, que hiere de “muerte” a cualquiera al dejar por los suelos su imagen, ese terror y poder que Hitler se esforzó por construir. Con Charlot, o más precisamente con El Dictador, la película,  Hitler aparece ante los ojos del mundo como un ser débil, gracioso, torpe.


Hitler se había metido con el hombre equivocado.


Pero primero hablemos de cómo se originó este encuentro y como se le ocurrió a Hitler dejarse ese bigote estilo Charlot  que Chaplin había creado exclusivamente para su más grande personaje. Como se le ocurrió a Hitler, además, sabiendo que Chaplin era hijo de una mujer de origen judío y un confesado humanista, es decir, de pensamientos humanistas (sobre la sociedad y la economía) al margen de los reproches que se le puedan hacer a su vida personal, amorosa.


Simple: Hitler aprovechó la oportunidad. Charlot se había convertido en el más atractivo y querido personaje universal. Con Charlot no había distinción social, racial ni económica. Todos reían y disfrutaban con sus gags de clown en El Circo, El Pibe, Luces de la Ciudad, entre otras. Ese bigote característico era uno de los elementos que identificaba más a Charlot y Hitler, inteligente, astuto, no desaprovechó la ocasión de ganarse a la gente imitando ese bigote tan famoso que hizo que, si fuera poco, se convirtiera en la viva imagen física de Charlot. Faltaba más.


Pero cometió un gran error al meterse con su bigote.


Charles Spencer Chaplin, pantomimo hijo de actores de teatro, con la sangre de payaso corriendo por sus venas, caviló mil veces la forma de castigar la osadía de Hitler y no pudo haber encontrado la mejor forma que aleccionarlo con la película El gran dictador, donde aparece un dictador torpe, gracioso, algunas veces tierno e inofensivo, alguien que causaba más risa que miedo. Fue un golpe de nocaut.


Videos:


Pero bueno, esta también es una de las razones con algo de mito del porqué Chaplin creó esta Película.


Recomendable: Leer el libro “Charles Chaplin” de André  Bazin, quien habla, entre otras cosas,  sobre este tema.






10 jun 2010

La cita

Ese sábado en la mañana el señor Raúl llegó a las 6 de la noche, sacó la llave de su bolsillo y miró de soslayo a cada lado, esperando sorprender a algún vecino curioso, al no asomarse nadie volvió su mirada e introdujo la llave en el cerrojo, le dio 2 vueltas a la  izquierda y 1 a la derecha, lentamente entreabrió el portal, dio cinco pasos adelante y se echó en un sillón. Quieto como una estatua en cementerio, se quedó pensando en la razón por la que iba a dormir a esa hora, si hasta ayer lo hacía a las 10, incluso a las 11 de noche, luego de entretenerse viendo programas de televisión, tomarse una taza de té y escuchar discos de rock en su cama, tapado hasta el cuello. Hasta que de un momento a otro lo supo, claro, como pudo olvidarse: mañana tenía una cita con la muerte y no podía volver a dejarla plantada.

20 may 2010

Breve

Ingresó a la biblioteca con los ojos cansados, con una pila de papeles escritos y con sueño se sentó en la primera fila de asientos. El ambiente olía a libros. Las paredes lo miraban como observando el tiempo en el que ya no estaban. Lo vigilaban. Debían estar ahí para eso, para cerciorarse de que valió la pena su existencia. Él lo sabía, y de tanto en tanto les clavaba los ojos, quietos, como intentando darles vida y llamarlos para que lo acompañaran a conversar. Un libro amarillento y viejo provocó un leve sonido al chocar con la mesa. El olor del mamotreto de inmediato le originó una serie sensaciones inexplicables y pensamientos e imágenes fugaces que lo hicieron irse de la realidad por un momento. Recordó al Quijote. También a Sancho. Pero Sancho lo despertó y entonces abrió el libro,  tercera página, y lentamente fue sumergiéndose en las palabras y en las historias de una lima colonial, de carruajes, caballos, de hombres en frac y mujeres tapadas y coquetas, esas de los pies y manos pequeñas, esas bellas jovencitas hogareñas de balcón. En la página cinco sus ojos se revelaron y se cerraron. Entonces, cansado, decidió levantarse. Pero de pronto una mujer se le acercó, una mujer con media cara lo tomó de la mano y lo hizo subir a un carruaje que se detuvo en medio de la ancha vereda de piedras. Él al principio no entendió, pero encantado y asombrado con las casonas y el cielo celeste y puro y los niños saltando sin miedo y las bellas mujeres que danzaban por las calles, se dejó llevar por una realidad a la que no sabía si pertenecía. Eso no importaba. 

7 may 2010

Tarde




Sergio se acercó al escritorio, encendió la lámpara (una luz amarilla alumbró su rostro y la mesa con un grupo de papeles encima) y su vista se dirigió a un sobre blanco. En medio de ella, en letras grandes decía: “Para Sergio”. Sergio abrió lentamente la carta, mientras su rostro iba formando ciertos rasgos de sorpresa. Ya abierta y estirada, pudo ver, esta vez en letras pequeñas: “Melisa”.  ¡Melisa!”, pensó. Entonces, con los ojos a punto de estallar, comenzó a leer:


Viernes, 17 de octubre de 2008.

Sergio, quiero que sepas algo que de repente nunca te lo he dicho con palabras. Tú ya debes saberlo, siempre me he esforzado por hacértelo notar. Pero, ya sabes, no siempre ocurre así. Así es que te lo voy a decir directamente, para que quede completamente claro. Desde el primer día en que nos conocimos, esa noche cuando me encontraste llorando, supe que serías el amor de mi vida. Y así fue. Pasaron días, semanas, meses. Durante todo ese tiempo aprendí -no, no aprendí, el amor no se aprende-, sentí un amor, un sentimiento extraño, como si siempre hubieses estado conmigo, como si te conociera de tiempo, como si nuestro amor fuera inevitable. Sé, y estoy segura de eso, que con el tiempo o sin él te amo y siempre te amaré, no te olvides de eso, por favor.

(“sí, claro,  yo también te amo, y siento lo mismo, sí,  y no sabes la sorpresa que te tengo, serás la mujer más feliz del mundo, te lo prometo”).

Ahora, mientras escribo estas palabras, me acuerdo del primer día que me dijiste que me amabas. Estabas muy nervioso y yo muy triste, pero cuando te vi así, tímido, me sacaste una sonrisa entre tanta pena. Y así fue siempre, siempre tratando de hacerme sonreír, de alegrarme la vida. Ay, Sergio, este dolor en el pecho, de nuevo.

(“Claro, como me voy a olvidar, mi amor.  Pero qué pasa, amor, estás triste de nuevo…”)

Este dolor en el pecho no me deja en paz. Trato de olvidar, de seguir, pero cuando menos lo espero esta realidad. Este cuarto, estas paredes, esta miseria, este futuro sin sentido junto a mis padres. Ya no los resisto más, mi padre me ha dicho que me odia, me lo ha dicho una vez más  y he sentido verdaderamente ese odio y ella, esa mujer que vino a reemplazar a mi madre recién fallecida,  me trata como una cualquiera, me sigue insultando, me humilla, y mi padre que la defiende. Estoy sola, Sergio, sola, y lo peor de todo es que no puedo escaparme. A donde irme, amor, a donde, tú con las justas puedes vivir con tu trabajo.  ¿Por qué la vida debe ser así, Sergio?

(“Mañana, amor, mañana, todo será diferente… si supieras, Melisa, he conseguido un nuevo trabajo, por fin te podré llevar conmigo a donde podamos estar juntos y felices, lejos, muy lejos”)

Por qué de esta forma, por qué no dejo de sufrir. Ya no sé qué hacer. Son muchos años llorando, lamentándome sin poder hacer nada, sin poder conseguir algo que me aleje de tanto daño, de tanta pena. Desde el día en que te conocí intenté, y tú lo sabes, levantarme, disfrutar, salir a delante, pero no puedo. Me siento derrotada, los únicos momentos en las que puedo decir que soy feliz, son las pocas horas que nos podemos ver. He comenzado a pensar que no tiene sentido vivir, de qué vale, mi amor, si sólo sufrimos, lloramos sin ninguna oportunidad de ser feliz.

(“¿? Cómo, no digas eso…”)

Sergio, pero tú no tienes la culpa. Te agradezco todo el amor que me has dado, todo tu cariño. Recuerda que siempre te amé y que siempre te amaré. Ya no resisto más, ya no quiero seguir sufriendo, y tampoco te quiero hacer sufrir a ti. Sólo quiero hacerte saber que…

Sergio tiró la carta y salió apresurado de su cuarto. Había comenzado a llover. Cada paso daba lugar a uno más largo, los cuales levantaban pequeñas gotas de agua del suelo. El corazón angustiado, las manos tensas, las lágrimas que desaparecían con la lluvia, su rostro bañado y todo cuerpo corría desesperado en medio la noche. Se paró en medio de una pista y detuvo un taxi, se subió a él y pidió que lo llevara de inmediato hasta la calle Los verdes, en Villa Rosa, a la altura de la avenida San Agustín. Se subió y no dejó de pensar en lo idiota que había sido, porque hubiese ido hoy mismo a decirle todo lo que le iba a decir mañana, un mañana en el que ella ya no estaría, pues ahora mismo ella o estaba muerta o estaba a punto de irse muy lejos, más lejos de lo que él tenía planeado, un lugar a donde él seguramente también iría con la inseguridad de poder encontrarla. Por eso comenzó a rezar y a pedirle a Dios con las manos juntas que no se la llevara, que no la dejara acabar con su vida, que hiciera el imposible milagro de hacerla ver que él había conseguido un gran trabajo en un lugar apacible y que podría alquilar por un tiempo una casita, y que se la llevaría consigo pues ahora ganaría muy bien y podrían estar más tiempo juntos.

Bajó del taxi, corrió hasta la puerta, la tumbó de una patada y ya dentro no vio a nadie. Ninguna luz estaba encendida. La noche absoluta se había apoderado de la casa. De inmediato se dirigió al cuarto de Melisa, volvió a tumbar la puerta y la encontró, sentada, mirándolo fijamente, con los brazos extendidos a cada lado. Sergio fue hace ella, la apretujó con fuerza y comenzó a contarle todo lo que tenía planeado. Una inmensa tranquilidad inundaba su pecho. El milagro se había cumplido. Lo imposible era posible. El amor era más grande que la tristeza y Sergio por eso abrazó con más fuerza el cuerpo inmóvil de Melisa. Pero entonces vio que de sus dos muñecas comenzaron a surgir chorros de sangre que no dejaban de salir y de inundar el piso de su cuarto. Sergio retrocedió, cogió el rostro de Melisa y vio al fin la faz de alguien que ya no pertenecía a la vida. A una lágrima le siguió un grito ahogado. Luego de abrazar y sostener su cuerpo, Sergio cogió el mismo cuchillo con el que Melisa se había cortado, la levantó y la clavó con todo la irá de quien sufre una pérdida y con un miedo que lo hizo cerrar los ojos y dar un último grito de vida y frustración. Y fue justo cuando se despertó, sudado, agitado, en su cuarto. Era de noche y Sergio pensó que todo había sido una horrible pesadilla. Quiso levantarse, pero antes sintió un papel junto a su almohada, la cogió, la abrió, la estiró y vio las mismas palabras: Melisa… Sergio, quiero que sepas… Y entonces un mayor dolor renació en su cuerpo, en su cabeza, y quiso levantarse de nuevo, pero sus piernas no le respondían y entonces supo que todo ya había sucedido, que él llegó tarde, que lo hubiese dicho antes, y entonces dio un nuevo grito, cerrando los ojos, y esta vez apareció de nuevo en su cuarto, echado, con la misma almohada y el mismo sudor, pero ya no había carta.

Sergio se levantó y entonces hizo lo que debía hacer, ella lo esperaba.












CESAR VALLEJO, EL POETA DE LA TERNURA

Hermano en el Dolor y la Belleza, hermano en Dios: hay en tu espíritu la chispa de los elegidos. Eres un gran artista, un hombre sincero y bueno, un niño lleno de dolor, de tristeza, de inquietud, de sombra y esperanza. Tú podrás sufrir todos los dolores del mundo, herirán tus carnes los caninos de la envidia, te asaltarán los dardos de la incomprensión; verás, quizás, desvanecerse tus sueños, podrán los hombres no creer en ti; serán capaces de no arrodillarse a tu paso los esclavos; pero, sin embargo, tu espíritu, donde anida la chispa de Dios, será inmortal, fecundará otras almas y vivirá radiante en la gloria, por los siglos de los siglos. Amén. (Extracto del texto de valdelomar dedicadoa a Vallejo).

Muestra de una gran amistad y admiracion mutua, tras la muerte de Valdelomar Cesar vellejo escribe lo siguiente:

ABRAHAM VALDELOMAR HA MUERTO...

"Abraham Valdelomar ha muerto", dice la pizarra de un diario.

A las cuatro de la tarde he leído esats líneas incomprensibles, y hassta este momento no quieren quedarse en mi corazón. Gastón Roger también me lo ha dicho y tampoco me resigno a aceptar semejante noticia. Llorando, sin embargo, atravieso el jirón por donde caminé tantas veces con Abraham, y sobrecogido de angustia y desesperación llego a mi casa y me echo a escribir precipitadamente y como loco estas líneas.

Abraham Valdelomar ha muerto. A esta hora vuela la noticia. ¿Pero es posible? !Oh, esto es horrible!

"Hermano en el Dolor y en la Belleza, hermano en Dios (...). Volverás para realizar todos tus sueños de amor, de belleza y de bondad en la vida, y porque tienes y has recogido en tus últimas romerías muchos dolores de la tierra que vas a inmortalizar por obra y gracia de tu corazón inmenso creador y artista genial. Por eso volverás, hermano, grande amigo".

(...)

¿Pero qué pasa? ¿Estoy llorando? ¿Por qué se me aprieta el pecho? Ah, detestable pizarra noticiera.

(...)

(Estractos del texto de Vallejo publicado en La Prensa, 1919)

Un joven Vallejo de 26 años y Abraham Valdelomar, de 30, se dirigen al Parque de la Exposición. Vallejo entrevista a Valdelomar. En las páginas de La Reforma de Trujillo, ésta aparece en prosa, una clase magistral:


CON EL CONDE DE LEMOS

Salimos de las oficinas de redaccion de Mundo Limeño. En el eléctrico a los parques de la Exposición.

Vamos a la orilla de verdes alamedas. El Conde sentado a mi lado, me conversa envolviendo su frase en un gris confidente y desvaído.

-Ya ve usted -me dice-, hay tantas gentes imbésiles. Yo tengo que huir de tantas...

Y sorprendiendo numerosos ojos que absortamente nos observan, agrega, como si fuera a escapar de una mazmorra oscura:

-Hoy leeremos algunos capítulos de mi libro sobre Belmonte.

Yo, después, persiguiendo todas las líneas de un raro temperamento, le inquiero sobre su viaje al norte; le digo que esa gira será fecunda; que en especial podría aprovecharla en suscitar, rudimentariamente siquiera, el criterio artístico en esos pueblos por medio de numerosas conferencias.

En el paseo Colón, al bajar de nuevo, hay curiosos que nos atisban y cuchichean.

El Conde se lleva olímpicamente sus enormes quevedos a sus ojeras, que recientes "cuidados pequeños" subieron de tono. Y luego reanuda la charla:

-Vaya usted a ver cómo todo el mundo los admira. !Ah! !Esto es horrible!

Valdelomar al hablar así se refiere a los seudo-literatos; a esos que por su dinero o posición se creen capacitados para hacer un soneto o publicar un libro. Acalorado y derramando piedad para éstos en el desdén dannunciano de una pose trágica, me cuenta sus luchas con los prejuicios, con la obesidad ambiente, con las vacías testas "consagradas".

Descubiertas nuestras frentes al aliento de la tarde, el autor de El caballero Carmelo se pone a leer y yo escucho con íntima fruición los primeros trozos del próximo libro que, tomando al Fenómeno como pretexto, será una de las obras más serias y más robustas de Valdelomar. Una explicación originalísima de la ley del ritmo universal, valiendose de un pasaje pitagórico y una disecación luminosa del mito romántico del Genio sobre la base de la naturaleza orquestónica del ritmo.

-!Estupendo, Conde! !Soberbio!

Y el sonríe y yo lo emplazo. -Es necesario que usted dé a los periódicos esto antes de la edición...

Y siempre afilando un gesto de tedio en las comisuras de sus labios pálidos, me responde:

-!Pero si no comprenden!...

Una pausa dolorida. Los autos y los coches y las gentes, toda la grosera grita urbana llega a rasguñar el hábito sentimental de un orgullo desolado.

Entre el humo de un cigarrillo los boscajes se secan al crepúsculo amarillo; y el día estival se vuelca en el espacio infinito, como una hornada fantasmagórica y sangrienta... (continúa)

(Extracto de la entrevista publicada en La Reforma, Trujillo, en 1918)

17 may 2009

Al acecho

Lo que más me molesta es que no haya sido en la noche, sino en pleno cielo aclarado, con el sol resplandeciendo como nunca. Un clima que ha cualquiera le infla el ánimo. ¡Ya no respetan ni en la luz! Eran las doce y media del mediodía y yo estaba próximo a llegar al colegio. Tenía puesto mi pantalón negro, mi camisa blanca debidamente planchada con el cuello indebidamente doblado, mi mochila verde a la espalda…, ah, y mi super reloj de diez soles en la muñeca izquierda. Estaba con unas ansias raras de llegar a mi salón. Estaba de buen ánimo. ¡Qué mala suerte la mía!

Me había detenido en medio de dos pistas; es decir, había cruzado la primera pista y me paré en una especie de vereda ancha, esperando junto a otras personas que los carros de la segunda pista frenaran. El sol brillaba y se oía una música que provenía de un mercado. Era un buen día que me inspiraba aún más a llegar y sentarme en los asientos bipersonales del 3.º D de secundaria. Agaché la cabeza para observar mis zapatos, estaban bien lustrados. Brillaban. Acomodé el cuello indebidamente doblado de mi camisa y le di unas peinadas manuales a mi pelo mojado. Entonces los carros se detuvieron; iba a cruzar, pero antes levanté mi brazo izquierdo y coloqué a una distancia prudente mi muñeca en dirección a mi vista. No recuerdo que hora observé, lo único que recuerdo es que segundos después de levantado mi brazo comencé a forcejear con un tipo que, sin vergüenza este, me arrancó el reloj y se fue corriendo como alma que lleva el diablo -hubiese sido un gran contrincante de Usain Bolt-. Tarde en reaccionar, y comencé a seguirlo, pero el muy bandido tomó gran distancia y desapareció. Me quedé parado al borde de la pista, viendo con cara de sonso como un punto negro se perdía e iba desapareciendo con mi reloj que parecía super pero que valía diez soles.

Claro, me había echado el ojo desde que crucé la primera pista. Como un león al acecho se había escondido entre las yerbas de personas que lo ocultaban y con las que se mezclaba, observando a la víctima más inocente y despistada que tuviera un reloj en la muñeca izquierda, un reloj que se había propuesto robar, quién sabe solo porque tenía ganas de ver la hora, o porque podía venderlo a buen precio en el mercado de donde venía la música.

Entonces vista ya su presa, o sea yo, me había seguido con la mirada, yendo de un lado a otro, midiéndome, primero, y luego cruzando junto a mí y las demás personas la primera pista. En la vereda ancha, se paró como cualquier otro transeúnte, con una vestimenta insospechable, y esperó el momento oportuno (que mejor momento que el brazo de un colegial al aire, quieto, a la vista de todos), y que el semáforo cambiara de color, para empezar a correr sin peligro de ser arrollado. Entonces perdí.

El buen clima, el estado de ánimo en el que me encontraba, la cantidad de gente que me flanqueaba, la luz del día; me es hasta ahora molesto pensar que se haya atrevido a robarme en tal situación… “Chibolo sonso ahí”, diría aquel choro aún corriendo con una leve sonrisa de orgullo y satisfacción, creyéndose el “vivo”.

Eso fue lo que recordé, lo que me hizo recordar mi amiga cuando, un día después de que le robaran esa cosa que las mujeres usan en el hombro, que cuelga muy cerca de sus pechos, y que las hace lucir tan bien, realmente bien, me contó su lamentable historia.

Su historia es muy triste, a diferencia de la mía, porque a ella le robaron en la noche. En la oscuridad –todos lo sabemos-, ellos se desplazan con total confianza, siempre al acecho. Organizan su mejor alianza: se alían con las penumbras. Es por eso que yo la comprendía, la consolaba y le decía que tenía que tener más cuidado, mientras la veía muy dentro de ella, “como un libro abierto”, a través de sus grandes ventanas húmedas donde nacían lágrimas que caían como rocío.

Ella me contó que la noche del viernes, cuando se venía de trabajar, le robaron su bolso. Había salido de su trabajo y caminó unas cuadras hasta llegar a un puente, el cual cruzó para desde el otro lado poder tomar un carro en el paradero. Eran aproximadamente las nueve de la noche. En el paradero había muchos hombres y mujeres, ambulantes, hombres durmiendo en el suelo, “en verdad, pobrecitos”, y unos cuantos postes que alumbraban levemente la noche con esa luz amarilla que amarilla todo y que da un ambiente extraño, un poco agradable. Tenía frío y por eso que ya quería llegar a su casa, y fue cuando de pronto alguien le arranchó su bolso y se fue corriendo, y nadie hizo nada, solo miraban como ella trataba de seguirlo y como el otro desaparecía. Ella en realidad no lo siguió, no tenía intención de seguirlo, solo fue una reacción instintiva, pues inmediatamente ella regresó los diez pasos que había dado.

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Eso fue lo que me contó un sábado en la tarde, aún algo asustada por la forma en que le robaron. Yo trataba de calmarla, de consolarla, diciéndole todas esas palabras y frases que se dicen cuando alguien te cuenta que le robaron, que le robaron el bolso en la noche y no en la tarde, porque entre la luz y la oscuridad hay una gran diferencia. Ella me miraba y me escuchaba y supongo que se sentía bien por estar con alguien que también la escuchaba y la miraba y le decía algo, cualquier cosa, pero le decía. Hablamos un momento de lo que le había sucedido, comentamos muchas cosas: que el ladrón era un %&·$, que había salido de tal lugar, que las personas son así por hacer nada, que esto y esto. Y luego yo le conté, le conté que a mí me habían robado hace muchos años, cuando era chibolo, que fue en la tarde y que me molestaba recordarlo, pero ya lo recordé. Comencé a contárselo y ella comenzó a sonreír.