19 may. 2011

Los ojos

Mis ojos despertaron 14 años atrás, se vistieron y acercaron a la mesa donde esperaban los ojos de mis padres, mi hermano, mi hermana que apenas abría sus ojitos, en una mañana soleada de primavera. 

En la calle, el parque era un parque, un cuadrado lleno de árboles y plantas decoradas de flores rojas, amarillas, violetas, que a su vez eran ornamentadas por mariposas y abejas de diversas especias que silbaban y volaban encima. Algunas manos los atrapaban en bolsas de plástico transparentes, orejas que caminaban por alrededores escuchaban sonidos similares al  “ssdddssdd”, hasta que luego de algunos minutos los voladores volaban y nuevamente se esparcían, en el mejor de los casos, pues otros rebeldes iban detrás de aquellas manos.

Dejé atrás los ojos de mi familia, cada uno fue a ver sus quehaceres y yo salí al parque cuadrado, pero antes mis ojos se detuvieron ante la pista de arena, por donde ruedas avanzaban a tropezones por brazos extraños. Muchas bocas abrían sus labios formando letras y luego formas irreconocibles. Mis ojos avanzaron pestañeando nerviosamente a causa del polvo, ingresaron al parque y se quedaron quietas mirando los árboles, las plantas, las flores, las abejas, mientras que algunas manos intentaban subir por el tronco hasta los ramajes enmarañados de los árboles, para esconderse y jugar a las escondidas. Algunas piernas corrían llevando a cabo el juego popular de las chapadas, el lingo solo, los siete pecados y muchos otros inventos.

Mientras esto sucedía, el cielo empezó a ennegrecerse y mis ojos poco a poco perdieron la vista, pestañearon con dolor. A cada parpadeo el aire se hacía más borroso, los objetos descritos iban desapareciendo paulatinamente y le daban paso a otro escenario.  


El parque ya no era parque. La pista de arena ya no era pista ni los tropezones eran tropezones. Las orejas se tapaban los oídos y las manos hacían puño. Y yo despertaba. Y me tapaba el oído y cerraba el puño. Y no había parque.