9 jul. 2011

Esa bendita boca

No era solo sus ojos. Tampoco su nariz ni su cabello. Era, más bien y sobre todo, su bendita boca. Esos labios que por poco y me convierten en asesino.

Más que cualquier otra cosa, su boca era el motivo de mis ataques de locura. Al verla, una corriente fría circulaba en mi interior, le daba una textura de gallina a mi piel y enervaba a tal punto mi estado de ánimo que, muchas veces, estuve a punto de condenarme a la confinación carcelaria. El matar ingresaba de golpe a mi cerebro.

Cada vez que me encontraba en esa situación, lo que hacía era taparme los ojos, haciendo uso de una gran fuerza de voluntad. La razón, aunque no lo crean, era que sentía una atracción irracional hacia aquello que podía hacerme daño. Sentía un impulso instintivo que invitaba a clavar mis ojos en sus labios, tercamente, pese a que en el fondo sabía lo que provocaría en mí.

Por suerte, la mayor de las veces pude evitarlo. Mientras que las poquísimas, era ella quien lo impedía, alejándose de mí.

Ahora que lo recuerdo mejor, mientras tomo una taza de té en mi escritorio, puedo relatar los detalles de la época cuando, en los pasillos de un centro de estudios, ocasionalmente la encontraba detenida en una banca, cerrando y abriendo la boca, frente a interlocutores que estúpidamente reían de lo que salía de aquel túnel.

Un lunes por la mañana desperté malhumorado y dispuesto a no soportar la más leve molestia por parte de cualquiera. Mi sistema nervioso era como una bomba de tiempo a punto de explorar con el más sutil rose. En esas circunstancias, ver sus labios moverse delicadamente, formando figuras y sonidos capaces de adormecer un oído, era como ir a la guerra sin armas ni escudo.

Llegué con paso apresurado al pasillo, intentando no toparme con nadie e ingresar de frente al aula, hacer correr las horas escuchando las pláticas de mi profesor, terminar y correr a mi casa. Pero, como bien pueden suponer todos, no fue lo que sucedió.

Frente a la puerta, ella era rodeaba por un grupo de jóvenes que, con los ojos fuera de su órbita, parecían llenas detrás de una presa, emitiendo ese llanto hambriento y quejumbroso, mientras que ella, en el centro, deslizaba sus brazos y piernas como en un baile, diciendo no sé qué cosa con esa boca que, nuevamente, me invitaba a clavar mis ojos y soltaba una risita acompañada de una sonrisa que, otra vez más y mil veces más, me destrozaban el corazón e inducían a matar a esos cazadores que no se apartaban de ella, de su boca, de su bendita boca.